sábado 24 de octubre de 2009

Julio Carmona: La inmensa mayoría

"Vale más canción humilde que sinfonía sin fe". J.C.





El título que he puesto a este artículo es una paráfrasis del poema “La inmensa humanidad” de Nazim Hikmet, el inmenso poeta turco. Sus biógrafos refieren que era alto de talla y dan a entender que su estatura física se correspondía con la grandeza de su corazón. Y en el poema del título le rinde homenaje al pueblo, a la humanidad dolida pero esperanzada. Precisamente, el poema se duele de las inmensas carencias del pueblo, “pero –concluye de esta manera– la inmensa humanidad espera/ la vida es esperanza”.


La famosa expresión “vox populi, vox dei”, “la voz del pueblo es la voz de Dios”, da a entender que el pueblo siempre tiene razón. No en vano los fundadores de la democracia la definieron como el gobierno del pueblo, por el pueblo y para el pueblo. Los poetas románticos fueron tal vez los primeros en reivindicar los valores populares, aunque sin profundizar en sus anhelos, intereses o esperanzas. Son los poetas de la tendencia realista quienes logran ahondar en esa dimensión vital y en su potencial sin límites; es el caso de César Vallejo quien le atribuye el ser creador por excelencia: “Todo acto o voz genial viene del pueblo y va hacia él” –dice el gran maestro.


Pero no olvidemos que esa potencia de creación humana de que es depositario el pueblo está en relación directa con las condiciones de justicia que le dan contexto, sustento o inspiración. Un pueblo privado de justicia tiene el riesgo de que algunos de sus integrantes degeneren en drogadicción, delincuencia, inopia y hasta bestialidad. El mismo Vallejo decía: “Un hombre cuyo nivel de cultura –hablo de la cultura basada en la idea y la práctica de la justicia, que es la única cultura verdadera– un hombre, digo, cuyo nivel de cultura está por debajo del esfuerzo creador que supone la invención de un fusil, no tiene derecho a usarlo.”


Todo aquel que se considere parte del pueblo debe sentirse obligado a justificar ese derecho de pertenencia, reclamando justicia y actuando con justicia. Y, en ese contexto, podrá saberse seguro de que está creando su propia humanidad. Pero es posible que en ese afán se vea rodeado de supuestas mayorías que atropellan los principios básicos de la justicia, defenestrando el estado de derecho con la soberbia que su crecido número confunde con razón. En estos casos hay que aplicar el siguiente pensamiento de Francisco de Quevedo: “Donde no hay justicia es peligroso tener razón, ya que los imbéciles son mayoría.”



sábado 17 de octubre de 2009

Julio Carmona: "Las apariencias engañan"

"Vale más canción humilde que sinfonía sin fe". J.C.





“Es propio de los necios ver los vicios ajenos y olvidar los propios”, esta frase pertenece a Marco Tulio Cicerón, el gran orador y estilista de la Roma antigua. Y calza con absoluta precisión para ser aplicada a algunos ex alumnos de la Universidad Nacional de Piura que publican moralistas artículos periodísticos, y que, en su momento, apoyaron a esa corrupción que, hoy, alejados de las aulas, pretenden “denunciar”. Y peor aún enlodando –con miopía metafísica– a toda la Universidad actual, obviando la existencia de una reserva moral representada por un minoritario pero meritorio número de docentes y estudiantes que combaten la corrupción, ante la cual se prosternaron esos imprevistos moralizadores de hogaño. En cuyo caso cabe repetir, con la sabiduría popular: “Ya no se acuerda la vaca de cuando fue ternera”.


No es raro ver cómo determinadas personas actúan con una doble moral: la de uso personal y la de uso social; para los de fuera se tapa con un manto el mal interior; es decir, que esos bipolares, parodiando el mito de Perseo de quien se dice que usaba una nube como escudo para combatir a los monstruos, aquéllos “se meten en la nube hasta los ojos y las orejas, para poder negar la existencia de las monstruosidades”.


Es cierto que la capacidad de autocrítica es difícil de alcanzar. Pero es o debe ser una aspiración constante: construirse una sola moral, la misma que –en base a una persistente autocrítica– impida la generación de la falsa moral, de la falsa consciencia, aquella que funge de accesitaria cuando cesa la otra que siempre debiera ser titular. Es esa falsa consciencia la que usa el argumento de “trabajar por la institución” cuando lo que se está haciendo es apoyar a la autoridad corrupta que ha comprado esa “consciencia” con un cargo rentado. A esos seres atacados de un repentino alzheimer vale recordarles estos versos llenos de orgullo del poeta cubano Roberto Fernández Retamar dedicados a su padre, de quien dice que: “fue honrado como un rayo de sol, / e incluso se hizo famoso porque renunció una vez a un cargo cuando supo que había que robar en él”.


Es verdad que en el nivel directivo de la Universidad Nacional de Piura hay más de una evidencia que justifica la vergüenza institucional; pero no son las manos manchadas de sangre las llamadas a limpiar el hecho criminal, y porque al ladrón le es fácil decir de otro que corre: “Allá va el ladrón”.