lunes 28 de abril de 2008

Si la mentira fuera SIDA

"Vale más canción humilde que sinfonía sin fe".

J.C.

En un artículo previo traté el tema de la mentira. Ahora, frente a ciertas declaraciones a la prensa de la más alta autoridad de la UNP, que adquieren ese cariz, me veo obligado a reiterar el tema. Y, en principio, debo decir que lo hago porque la primera falacia incluida en esas declaraciones es la que alude a una presencia del partido de gobierno detrás de los reclamos que exigen una explicación -y hasta fumigación- de los múltiples hechos bochornosos en que se ha visto envuelta nuestra Alma Mater, de manera sostenida, desde que las actuales autoridades asumieron su dirección en el año 2005.

Un hecho incontrastable que desbarata ese infundio lo constituye el resultado de las últimas elecciones para representantes docentes a la Asamblea Universitaria, en las que participaron sólo dos listas: la del oficialismo (que apoya a la actual gestión, por contubernio) y la lista de la oposición (acusada por el Rector de ser manipulada por el partido de gobierno). Ambas listas se repartieron los votantes en una proporción de -más o menos- dos a uno: 321 y 176, respectivamente. Lo rescatable de este hecho es que en ambos grupos hay profesores de filiación aprista. Y, tanto en uno como en otro, no es esa filiación la que los condena o exonera de responsabilidad. Pero lo decisivo es que en ambos grupos hay docentes de variadas filiaciones (muchos independientes) que, con toda seguridad, superan en número a los de filiación aprista. Y, como esta aclaración la hago a título personal, y en tanto me identifico con el grupo de oposición, quiero hacer ese deslinde pues mis opiniones, vertidas en sendos artículos en el diario El Tiempo, contra el actual gobierno aprista, me convierten en un sujeto libre de toda sospecha de tener alguna componenda en ese sentido.

Ahora bien, tratando un tema más amplio, es lamentable haber visto imágenes de escándalo en las primeras planas de los diarios, en las que aparece la más alta autoridad universitaria “pechando” a un impugnador de sus actos, al más puro estilo “callejón de un solo caño”. Es decir, un docente universitario no espera ver una reacción de esa facha en la autoridad que representa a una institución depositaria del saber y la cultura. Pero eso que -haciendo una extensión extrema- puede atribuirse a una “cuestión de estilo”, es decir como un exabrupto de facto, se empequeñece cuando de la acción se pasa a la palabra. Ahí se extraña la cuestión de orden del rey de España para decirle: “¿Por qué no te callas?” Que el Rector declare percibir un sueldo de 23 mil soles, desmiente con creces sus reclamos del 2005 cuando se rasgó las vestiduras diciendo que sólo percibía diez mil. Y lo más grave es que diga: “el cargo de Rector no es eterno, es un aseguramiento financiero de mi vida, de mi familia…” Por favor. En estos casos la jerga judicial es taxativa: “A confesión de parte, relevo de pruebas”. Las denuncias de los diarios, de que cobra hasta por respirar, se confirman.

Si la autoridad universitaria velara por la sindéresis de su investidura se habría ahorrado el haber hecho tremendo papelón con acciones matonescas y, lo más importante, no habría sido descubierto en flagrante mentira respecto de su sueldo, y en ostensible admisión de que el cargo de Rector en los últimos tiempos (¿o siempre?) se ha convertido en un botín… de guerra.

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sábado 19 de abril de 2008

UN PRESIDENTE "DE LA PATADA"

"Vale más canción humilde que sinfonía sin fe".

J.C.


La expresión del epígrafe (“de la patada”) creo que puede ser reclamada como patrimonio nacional (antes que Chile la confisque). Los peruanos la usamos en muchas ocasiones. Pero quien, al parecer, la reclama como propia, con patente exclusiva, es el actual y (dichosamente) transitorio Jefe de Estado. En el último uso que hizo de ella la bautizó como “la fórmula de la patada”, aplicable -según él- a los funcionarios corruptos. Aparte el sesgo infeliz de la propuesta (expresiones impropias para la investidura que las profiere), creo que resulta ser una fórmula ineficaz, pues sería aplicada a quienes -desde cargos inferiores- cometan actos ilícitos de manera burda (o sea de fácil detección). Pregunto: ¿qué pasa con los corruptos inteligentes? Y, lo que es peor: ¿qué pasa con los altos cargos, de ministros para arriba, blindados por la impunidad con que la más alta magistratura del Estado los exonera de responsabilidad, antes de cualquier investigación previa?, y ¿quién “descubre” los contratos leoninos con las grandes transnacionales, santificados con coimas millonarias totalmente solapadas?

Lo que debe evitarse, como medida profiláctica, es la sanción a posteriori. Hacer lo contrario es lo recomendable: aplicar la medicina “antes de que salte el chupo.” La prevención, tan reclamada en la salud individual, debiera hacerse extensiva a la salud institucional. Vale decir, designar a los mejores no sólo porque así lo demuestren sus diplomas (ciertamente necesarios), sino su idoneidad personal, su honradez a toda prueba y su vocación de servicio a costa del beneficio propio. En realidad, no se trata de pensar en candidatos santos, mártires o héroes (éstos son títulos honoríficos que se adjudican post morten), se trata sí de estimular la protección del ciudadano probo (especie en peligro de extinción), de aquel que no tenga en su pasado el más mínimo indicio de dolo y que demuestre tener una eficaz y prolífica capacidad reproductiva de sus valores.

La costumbre es otra. El funcionario con curriculum fraudulento (aunque con “pico de oro”) es el elegido y reelegido y vuelto a reelegir. (Tengo la sensación de que -sin proponérmelo- he resumido el proceso de la historia oficial del Perú). Y uno se pregunta, a ese funcionario corrupto ¿le conviene que desaparezca la corrupción? Y uno mismo responde: No. Y uno repregunta: ¿Al corrupto le interesa que se descubran casos ínfimos de corrupción? Y uno vuelve a responder: Sí. O sea: el círculo vicioso perfecto. La fábula del ladrón que grita “¡Al ladrón!” grafica lo dicho. Y la archiconocida argucia del narcotráfico, de “tirarle dedo” al insignificante burrier para filtrar el cargamento de droga mayor, también ilustra el modus operandi de la corrupción estatal.

Y eso, asimismo, explica el hecho patético de ver cómo organismos públicos con funcionarios corruptos que no pertenecen al partido de gobierno no son intervenidos por éste, a pesar de las gigantescas perlas negras que ostentan en sus también desmesuradas y oscuras conchas. Con lo dicho se contradice el aforismo de que “no se puede tapar el sol con un dedo”, porque -en los predios de la corrupción- el corrupto mínimo sí tapa al corrupto mayor. Y en éstos -como en otros casos de educación cívica- “la fórmula de la patada” es un remedio similar al disparo por la culata.

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sábado 12 de abril de 2008

"El que miente, roba"

"Vale más canción humilde que sinfonía sin fe".
J.C.

Que la administración pública ha tocado fondo en lo que a corrupción se refiere, resulta ser una verdad de Pero Grullo. Éste es un personaje de la tradición popular española, que llegaba a conclusiones palurdas como ésta: "La lluvia cae de arriba para abajo". Pero la tradición popular es depositaria también de una sabiduría muy vasta, que rebasa todas las fronteras. El aforismo que da título a este artículo lo es. Y lo he tomado de un diálogo de la película "Ray" (basada en la vida del "rey" del jazz: Ray Charles: "El que miente, roba") porque resume, ex profeso, el tema de la corrupción en la administración pública.

Nadie ignora que en las universidades públicas se crean comisiones para todo. Y eso no es malo. Aunque sí lo es que se "creen para el mal", como es el caso de las comisiones para los exámenes de ingreso, que se las arreglan para vender las claves de las respuestas. Una situación así, ratifica la verdad de Pero Grullo enunciada arriba. Pero también demuestra que no sólo es expresión de esos extremos a que ha llegado el nivel de la corrupción, sino que también refleja la absoluta inopia de quienes refocilan en ella, y, además, el flagrante desprecio que sienten por la inteligencia de la sociedad civil en su totalidad. En realidad, así como el ladrón cree que los demás lo son, el imbécil asume el mismo criterio. Porque eso ocurre con las comisiones investigadoras de las comisiones corruptas cuando salen a decir que los culpables del desatino son los "alumnos consejeros", que tampoco son unas alhajas, pero que en buen cristiano lo que pretenden es vendernos salchichas con carne podrida. Y resulta que ambas comisiones (incluidas las altas direcciones universitarias) dan por descontado que los espectadores de su pantomima vamos a tragarnos ese menjurje repulsivo. Una sola pregunta desbarata esa pretensión: ¿cómo es que llegó la clave a poder de los alumnos, si éstos cumplen sólo la función de observadores, y no tienen acceso (ni tienen por qué tenerlo) a las preguntas ni mucho menos a las claves de las respuestas?

Que "la pita se rompa por el lado más débil" es una ley hecha ad hoc para la corrupción; ésta, que atenta contra todas las leyes, se crea las suyas propias, y es así como establece que los cargos superiores delegan sus responsabilidades en los subalternos que hacen el trabajo sucio (con una prometida impunidad). Es así cómo los jefes enseñan sus manos limpias detrás de las manos sucias de aquéllos. Y todos estamos en la obligación de creerles.

Eso pasó con Alan García en la matanza de los penales en 1986, con Fujimori en los mismos penales en 1992 (además de La Cantuta y Barrios Altos), y ahora último con la matanza de manifestantes en las calles (matanza ya legalizada). Con esos "paradigmas", los epígonos de la administración pública tienen la coartada asegurada. Y si no perdemos de vista que todas las salidas están clausuradas (comisiones y jueces comprometidos porque también trabajan en la misma institución), ya se sabe cuáles son los resultados de toda investigación y de todo reclamo de sanción.

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domingo 6 de abril de 2008

UN SALUDO A LA LIBERTAD

"Vale más canción humilde que sinfonía sin fe".
J.C.

Es probable que el de la libertad sea el tema que más apasiona al ser humano, desde los orígenes de éste. Y, siendo un tema de gran complejidad para la filosofía -comenzando con los antiguos griegos hasta llegar a la fenomenología y el existencialismo del siglo pasado-, no obstante lo podemos resumir en el refrán que Cervantes puso en labios de su inmortal caballero andante: “Bajo mi manto, al rey mato”. Es el libre albedrío que llevó a Cristo a inmolarse en la cruz, y a un Longinos a clavarle la lanza en el costado, como lo hacen todos los “bush” con el ser humano en general, en estos tiempos también oscuros.

Y, dado el caso de verse frente a estos condenables especímenes del género humano, ¿qué actitud adoptar, en ejercicio siempre de la cualidad de ser libres?: ¿acercarse a saludarlos?, ¿aceptar o rechazar su saludo si es que ellos se acercan a hacerlo? Porque es esa la misma libertad que nos permite extenderle la mano, en señal de saludo respetuoso, al jardinero o al barredor del lugar donde trabajamos; saludo que ellos bien se merecen, pues -ejerciendo asimismo su libertad- aceptaron realizar ese trabajo del que nosotros nos libramos porque tuvimos mejor suerte que ellos para evitarlo. Pero es también la misma libertad con la que obviamos el saludo al funcionario corrupto, al profesional inepto, al empleado despótico, al santurrón hipócrita, al caradura avieso, a todo aquel que quiere convencerse a sí mismo de que sus manos no se han manchado de lodo porque lo que reciben es dinero, aunque sea mal habido, como si delito no fuera actuar al margen de la ley, y el solo hecho de aceptar realizar un trabajo que le corresponde ejercer a otro, lo es. Es delito.

El saludo es la moneda más limpia -si las hay- porque con ella “compramos” una respuesta grata. O es el regalo menos costoso que hacemos, porque nos lo devuelven de inmediato, y cuando esto último no ocurre no nos ocasiona un desbalance patrimonial sino que, por el contrario, nos quita el gravamen de volver a “gastar pólvora en gallinazo”. El saludo es un legado que se adquiere en el hogar. Los padres lo imparten desde los albores infantiles. Y cuando esto no ocurre (o cuando eso se olvida) los paganos son los padres, porque “no supieron educar a sus hijos”. Muchos, en el transcurso de su vida, lo van dosificando desde el simple movimiento de cabeza o el gesto de la mano, pasando por el murmullo de entre dientes, hasta llegar, incluso, al compromiso “diplomático” (eufemismo que reemplaza a hipocresía) de saludar a alguien a quien se preferiría no hacerlo.

El saludo es la antesala de las relaciones humanas. Pero -ya podemos colegir- que hay relaciones y “relaciones”. Por eso insisto en que, aunque sea necesario, no es -no puede ser- obligatorio. Y, con mayor razón, si -como llevo dicho- hay quienes lo merecen y quienes no. Es, pues, esta una opción que está marcada por la libertad humana, en nombre de quien -dígase también de paso- tantos crímenes se cometen -como dicen que dijo Madame Rolland, cuando era conducida al cadalso en el que, finalmente, perdió la cabeza, en la época del terror de la Revolución Francesa.

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