sábado 29 de marzo de 2008

HECHA LA LEY, HECHA LA TRAMPA

"Vale más canción humilde que sinfonía sin fe".
J.C.

Hay quienes le tienen pánico a la lectura de las leyes. Los códigos: penal, civil, de ética y de estética (que también los hay), les resultan tan abominables como ver un huevo frito en el cebiche (se escribe con “s” si ésta va acompañada de la “v”, Antonio Gálvez Ronceros dixit). Incluso hay quienes suponen que la poesía es la antípoda del derecho. Pese a que insignes poetas han dicho lo contrario. Percy B. Shelley decía que “Los poetas son los legisladores anónimos del mundo”; Honorato de Balzac, que creó en sus novelas una sociedad paralela a la francesa, decía haberse inspirado en su Código Civil; Andrés Bello, epónimo representante del neoclasicismo americano, fue el creador del Código Civil chileno que -tengo entendido- hasta ahora rige en ese país, y -relacionado con ello- el escritor argentino, Jorge Adolfo Mazzinghi, dijo que “Un poeta puede ser autor de un espléndido código civil”. No hace mucho leí un extenso ensayo que demuestra las bases jurídicas de que se sirvió el fabulista Juan de la Fontaine para elaborar su famosa fábula de “La cigarra y la hormiga”.

Entonces cabe preguntarse ¿qué es lo que hace que prolifere esa aversión a la lectura de las leyes? Yo -desde la galería, vale decir, como modesto observador- ensayo una explicación bifronte: la mala redacción y el pánico lector. Por lo primero, debe reconocerse que la existencia de legisladores tipo Andrés Bello no es muy común, que digamos, en nuestro medio; ello da como resultado que los textos jurídicos no sean claros y directos, sino todo lo contrario: oscuros y capciosos, o sea de difícil lectura y de doble significado, y deben ser interpretados: aclarados y definidos en su recto significado, un “recto significado” que, como en el caso de la “interpretación auténtica” para la reelección de Fujimori, resultó ser una “sacada de vuelta a la Ley” de tal magnitud que, a la perfección, sirve como ejemplo para graficar el viejo aforismo que dice: “Hecha la ley, hecha la trampa”.

Ahora bien, por lo segundo, el “pánico lector” es reflejo fidedigno de lo alejada que está la gente de la lectura. Don Miguel de Cervantes Saavedra, se describía como lector acérrimo señalando que leía hasta los papeles escritos que encontraba tirados en la calle. Hogaño, estamos rodeados de papeles no sólo de los aludidos por el “Príncipe de las Letras Castellanas” (que hacen de nuestras calles relleno sanitario) sino de los letreros publicitarios, los kioscos de revistas y diarios, los volantes mosca que anuncian inverosímiles ofertas, etc.; pero nada de eso es aliciente para el surgimiento de pródigas promociones ciudadanas de lectores.

“En mar revuelta, ganancia de pescadores”, dice el refrán. Y en el mar de las leyes (y no es exageración) siempre hay un resquicio para “sacarle la vuelta a la Ley”, si no ¿cómo se explica que siendo tan concluyente la norma (Constitución y Ley Universitaria) al señalar que los estudios universitarios del Estado son gratuitos, resulta que muchas -si no todas- las universidades nacionales han creado filiales que tienen el mismo carácter que las universidades privadas, es decir, ser pagadas? A pesar de que la Ley Universitaria, en su Artículo 5º, dice: “Una Universidad no tiene filiales o anexos”. ¿De quién es la culpa?: ¿de quien redacta la Ley?, ¿de quien no lee la Ley?, ¿de quien aplica mal la Ley? o ¿de quien le importa un comino la ley, pues lo que le interesa es su interés personal y no el interés nacional?

NO TE LO PIERDAS. VISITA ESTOS ENLACES:

http://www.mesterdeobreria.blogspot.com

http://www.papelesparalahistoria.blogspot.com

http://nuevaspaginaslibres.blogspot.com

http://vosquedepalabrasvives.blogspot.com

domingo 23 de marzo de 2008

¿QUIÉN EVALÚA AL EVALUADOR?

"Vale más canción humilde que sinfonía sin fe".
J.C.

Muchas veces no son los hombres de ciencia sino los poetas los que aciertan mejor en definir los hechos. (No en vano alguien los llamó ‘ingenieros de almas’). “Mientras no se implante la igualdad -dice Bertolt Brecht, el gran poeta alemán- no se puede hablar de desigualdad”. Si este aforismo lo aplicamos a la educación, cabe preguntar: ¿Cómo establecer medidas de comparación entre sujetos diferentes? ¿Cómo administrar la misma prueba a usuarios de diversas especialidades? Dándose el caso de que a los especialistas en comunicación se les pone dos preguntas de su especialidad y treinta de matemáticas. Una prueba de esa naturaleza pudo pensarse para maestros medievales que resumían en su saber el conocimiento de su época, pero no para docentes del siglo XXI. Lógicamente, quien está en el poder y sabe que no va a ser evaluado de ese modo (ni de ningún otro) prejuzga que los demás sí pueden serlo. ¿Y si se invirtieran los papeles: que esa prueba se la aplicaran al ministro Chang y a sus asesores?, con ese bumerán dejarían de chancear tildando de “burros” a los demás.

La situación educativa (sus posibilidades y limitaciones, sus alcances y deficiencias) no debe centrarse con exclusividad en el lado del docente. Porque es un problema de estructura. La responsabilidad es del todo y no de una de las partes. Cualquier análisis que aísla una parte del todo, para regodearse en ella, va a dar por resultado un diagnóstico y una propuesta de solución desenfocados.

Para mí, uno de los puntos iniciales del desbarajuste en que ha venido a dar la educación en el Perú, fue el que en los ingresos a las facultades de educación o a los institutos pedagógicos se hiciera lo mismo: tomar una prueba única, de conocimientos generales, para todas las especialidades, y, más aún, que eso se hiciera con la modalidad de marcar con una “x” la opción alternativa. Eso le facilita las cosas al evaluador (y hasta al evaluado, pues muchos ingresan -sin merecerlo- jugándose la respuesta al azar: “mi madre me dijo que caiga aquí…”); pero perjudica a la meta. Y la educación se convirtió en “tabla de salvación” de los menos dotados en todo: conocimientos, vocación profesional, visión ética idónea, etc.

Hoy mismo en la Universidad un gran porcentaje de catedráticos a las justas sabe escribir su nombre (incluidos profesores de lengua, eh). ¿Qué puede dar el que no tiene? Y no saber escribir implica no saber leer, y ambas deficiencias llevan aparejadas las falencias de no saber escuchar ni saber expresarse. Con esa carga obtusa es imposible que alguien sepa estudiar, y menos que sepa enseñar.

Quien asume la tarea docente (en todas las especialidades) debe tener esas habilidades básicas. Pero si -repito- ni muchos de los profesores de lengua las tienen, ¿qué se puede esperar del resto? Y a eso se suma la “genial idea” de hacer que cualquier especialista -sin prepararse en docencia- pueda enseñar en cualquier nivel educativo. Es decir: la promiscuidad perfecta. Pero, la gran pregunta es: ¿a quién beneficia todo eso? A la estructura social desigual, injusta y absurda, que alimenta el caos de sus partes, para que no surjan seres sociales críticos. Un pueblo ignorante es un pueblo esclavo. Por eso es que hay escuelas para pobres y escuelas para ricos. Y los hijos de los ricos no estudian para profesores. Ellos estudian para tener el poder, que administran los políticos, llenándose la boca con “reformas educativas” que, cada cinco años, son desarmadas y vueltas a reformular. El círculo vicioso ideal, para la ronda de nunca acabar.

NO TE LO PIERDAS. VISITA ESTOS ENLACES:

http://www.mesterdeobreria.blogspot.com

http://www.papelesparalahistoria.blogspot.com

http://nuevaspaginaslibres.blogspot.com

http://vosquedepalabrasvives.blogspot.com




jueves 20 de marzo de 2008

“NO ME DEFIENDAS, COMPADRE”


"Vale más canción humilde que sinfonía sin fe". J.C.

Hace unos días Mirko Lauer (en su fortín del diario La República) se convirtió en difusor de una situación ingrata ocurrida al periodista César Hildebrandt: que le ha sido clausurado el último reducto desde el que difundía sus ideas. Y, a decir verdad, yo noto en el fondo del comentario de Lauer un cierto regodeo en la desgracia.

Lauer empieza por dársela de sincero y dice mantenerse muy a la distancia de la imagen y la pluma de César Hildebrandt, aunque reconoce que era lector de su última columna periodística en el diario La Primera.

Pero después opta por hacerse el ingenuo, pretendiendo ignorar cuál sea la causa del silenciamiento de Hildebrandt, y lanza el siguiente sibilino cuestionamiento: ¿es culpa de los propietarios de los medios periodísticos o es culpa del mismo “medio loco” periodista?

Incluso, de manera harto cartesiana, duda de la injerencia del gobierno en esos asuntos “domésticos” del periodismo, aunque -siempre desde su cómoda hamaca- recuerda que Montesinos usó a los diarios como estropajos, (y no olvidemos nosotros que no hace mucho un ministro aprista dijo usarlos para ir al baño).

Para, finalmente, fluctuar entre la pose demócrata y la hipócrita, y dice que la opinión pública (una asociación de usuarios) debiera pronunciarse sobre esa debilidad de la libre competencia, o esperar a que la prensa se democratice cuando la TV digital multiplique los canales…

Por favor, para decir sandeces, mejor decir nada. El asunto no pasa por tener lengua de malagua, y dejar que el interlocutor se quede en la luna con tanto malabarismo verbal.

El asunto es uno solo, y que hace mucho fuera descrito de manera descarnada con esta frase apodíctica: La libertad de prensa no existe, lo que existe es la libertad de empresa.

¿Es que los Ivcher y los Parker y los Mohme (y sus congéneres) realmente quieren informar a la opinión pública para que ésta se forme su propia visión de los hechos, o lo que hacen es manipularla, con sus jesiquitas y rosamarías y chichis y valias y guzmanes? (Aunque debí decir guachimanes de sus ideas).

Ese es el quid del asunto. Lo demás es retórica. Y más hubiera valido que el señor Lauer, en lugar de hablar de un “Hildebrandt desempleado”, hubiera hablado de un periodista honrado, a quien los pocos dueños millonarios de la empresa periodística en el Perú pretenden silenciar.

Lo que Lauer ignora -o pretende ignorar- es que César Hildebrandt cuenta con el apoyo moral de millones de peruanos pobres, que lamentablemente no podemos ofrecerle más que ese apoyo solidario.

Pero si hay alguna salida en la que nuestra gota de ayuda pueda convertirse en huayco de denuncia y reivindicación del derecho a informar de César Hildebrandt, como auténtico hombre de prensa -título que, mejor que nadie, ostenta-, desde ya cuenta con ella.

¿No se han percatado, amigos lectores, que (como el Marlon Brando de “Apocalipsis now”, cuya reducida actuación se convierte en “una presencia en ausencia”, que domina todo el film) el mismo silencio de César Hildebrandt es una forma de informar, de denunciar, de luchar?

NO TE LO PIERDAS. VISITA ESTOS ENLACES:
http://www.mesterdeobreria.blogspot.com http://www.papelesparalahistoria.blogspot.com http://nuevaspaginaslibres.blogspot.com http://vosquedepalabrasvives.blogspot.com

viernes 14 de marzo de 2008

DERECHOS Y TORCIDOS

"Vale más canción humilde que sinfonía sin fe".
J.C.


Existe un artilugio literario que permite a quien escribe reemplazar los hechos reales por otros ficticios que los encubren y los hacen aparecer como distintos. Es en realidad el mecanismo de la metáfora, que permite al lector asociar los elementos de la ficción a los hechos de la realidad: el oro o la plata de los cabellos, remiten a la juventud y a la vejez de la persona aludida. Hay una muy larga y -así de extensa- respetable tradición que ha usado ese mecanismo, para eludir de paso ser sancionados por decirle directamente a la autoridad sus miserables ridiculeces.

Erasmo de Rotterdam elogió a la locura, porque es de locos decir que las cosas están mal donde los que hacen mayoría, y se dicen cuerdos, afirman que “todo está bien”. Jonathan Swift trasladaba las críticas -que quería hacer al gobierno real de su época en Inglaterra- a los desaciertos políticos del rey de Liliput: un pueblo de pigmeos gobernado por un rey también enano. Miguel de Cervantes, quien dice no querer acordarse del nombre del pueblo en que vivía su personaje y sólo indica que es “un lugar de La Mancha”, para también hacer críticas acerbas a sus conciudadanos. Y el no menos insigne Lewis Carroll, en el “País de las Maravillas”, descubre no sólo las iniquidades del gobierno de su país sino también la sordidez de su poder judicial.

Yo, aquí (muy a la distancia), hago una paráfrasis de Cervantes y digo, no “en un lugar de La Mancha”, sino en un lugar manchado por la corrupción se llevan a cabo unas elecciones entre dos listas, la de los “derechos” y la de los “torcidos” (llamémoslas así para evitar términos manidos). Se suponía que quienes votaran por los “torcidos” también iban a cargar ese estigma de la desviación, en este caso moral y hasta legal, porque las tropelías a la legalidad y a la moralidad eran el pan de cada día y a ojos vista de toda la comunidad
, en ese lugar manchado. Aunque ya se sabía que era tal el extremo al que había llegado la corrupción allí, que -como en la parábola de Erasmo- lo normal era admitir lo malo como bueno, y aquel que decía lo contrario corría el riesgo de ser tildado de loco.

Por su parte, los “derechos” abrigaban la esperanza de que esa situación se podía revertir, pues es difícil admitir que el ser humano pueda llegar a tal nivel de enajenación, que no sepa distinguir lo bueno de lo malo, lo justo de lo injusto; diferenciar las excelencias del espíritu de las excrecencias corporales.

Y eso al menos se esperaba de los hombres de leyes, de los abogados (tan ligados a la justicia) y para quienes no podía pasar desapercibido el lado oscuro en que se agazapaban los “torcidos”.

Pero el corolario del hecho ficticio (cuyo parecido con cualquier hecho real es pura coincidencia) dio por resultado que la inmensa mayoría de esos hombres de leyes de quienes se esperaba un mínimo de sensatez para identificarse con los “derechos” (aunque sólo fuera por mimesis profesional), hicieron lo contrario de lo que una lógica ilusa hacía suponer. Los “hombres de derecho” votaron por los “torcidos”: ¡qué gran ejemplo para las futuras generaciones de juristas!

Aunque de ese modo se cumple lo aseverado por el jurista alemán Hans Kelsen: “El deber ser en que el Derecho se expone a sí mismo, aparece como mera ‘ideología’. Como ‘realidad’ sólo aparece el acontecer anímico-corporal”. Es decir: que la panza le sobrepone sus urgencias al alma.


sábado 8 de marzo de 2008

VÍCTOR BORRERO Y EL ARTE DE NARRAR

"Vale más canción humilde que sinfonía sin fe".
J. C.


Hace unas semanas (en este mismo espacio) me referí a un cuento de Víctor Borrero (gran representante de la narrativa piurana) que había sido seleccionado para integrar el libro de la Bienal de Cuento de COPÉ-2006 (que organiza Petróleos del Perú). Lamentaba ahí no poseer el texto del cuento en referencia. Y ofrecí comentarlo cuando lo tuviera. He tenido el honor de que haya sido el mismo Víctor quien me lo proporcionara. Y -como nobleza obliga- diré algo sobre él. Aunque prefiero precisar que: “diré algo a propósito de él”.


Pues debo recordar que también no hace mucho publiqué (aquí mismo) una crítica exponiendo mis puntos de vista respecto de la homosexualidad como tema literario. Y algún lector despistado creyó detectar ahí “un cierto tufillo homofóbico”. Y no hay tal porque, de haberlo, eso me llevaría a engrosar las filas de esa proterva insania que es la discriminación tan cercana al machismo (nefastos ambos, a no dudar). Y es menester reiterarlo: El tema homosexual en literatura (como cualquier otro tema) no es malo en sí mismo. Lo es cuando deviene truculencia o aberración coprofílica.


Hay muchos ejemplos, dignos, de esta temática en la literatura universal. Menciono sólo “La muerte en Venecia” de Thomas Mann. Y bastaría para clausurar el entredicho, si no fuera porque viene también en mi auxilio el cuento aludido de Víctor Borrero: “Allco”. Allco es un término quechua, sinónimo de perro. Y el cuento de Borrero tiene como personaje a un perro con ese nombre. Y en tanto el cuento se ambienta en la época del dominio español (sin llegar a ser un “cuento histórico”), lo más destacable de él es que no sólo se hace la oposición del perro aborigen (Allco) y del perro español de nombre “El Bobo”, sino también de los idiomas en pugna, porque la trama del cuento es desarrollada por un narrador español, informante de la autoridad “justicia mayor de la cibdad de Truxillo”. Y, en efecto, el lenguaje utilizado por Borrero mimetiza al usado por los peninsulares de entonces.


El vocabulario arcaico y la participación de los dos perros -como personajes claves- sirven para narrar una historia de tropelías e iniquidades cometidas -contra los aborígenes- por Melchor Verdugo que es el dueño de “El Bobo”, es decir el perro español que, en definitiva, personifica al abuso foráneo, en todos los órdenes incluido el abuso sexual y el genocidio. Y es ahí que surge “Allco”, de propiedad del curaca Tantahuata, adoptando la historia un giro inesperado y abrupto (pero verosímil): “… el dicho perro ‘El Bobo’ se colocaba mansamente como perra en celo ante el dicho perro ‘Allco’, e esto lo venía haciendo desde que el dicho curaca Tantahuata regresó de la cibdad de Truxillo, donde, ya lo tengo dicho, fue a pedir a su señoría se le haga justicia”. Y, entonces, se da lo que en literatura se llama la “justicia poética”, es decir realizar en la ficción lo que en la realidad no se puede hacer, a pesar de los merecimientos del caso. Tanto “El Bobo” como su amo son presentados como “sarasas”, que en quechua equivale a homosexuales.


Teniendo, pues, el cuento de Borrero los más altos atributos de la fábula, el libelo y la sátira, se pueden traer los hechos de la ficción a la realidad presente, para decir que el machismo y sus correlatos, como la discriminación o el creidismo, no son otra cosa que manifestaciones de insuficiencia hormonal. Y no sería desfasado decir que tantos “kenyas” y “rivas” de hogaño no sean sino “melchores verdugos” y “bobos”, ensayando su papel de “sarasas” irremediables.


domingo 2 de marzo de 2008

TRES HISTORIAS INFAMES

"Vale más canción humilde que sinfonía sin fe". J. C.

La vorágine del tiempo, las afinidades electivas y la selección discriminadora que el buen gusto impone, me inhiben de leer “cualquier cosa” que se suele dar como literatura y que en realidad es “subliteratura” o “litebasura”.

Hasta ahora, por ejemplo, no he leído ninguna de las novelas de Jaime Bayli (y a las justas soporté la versión televisiva de No se lo digas a nadie). No tanto porque sé que en sus historias predomina el tema homosexual, como por la falsedad con que las construye. Y esto de que sus novelas son falaces se lo escuché decir a Oswaldo Reynoso (voz autorizada en este tema) quien dijo que los vínculos homosexuales de los personajes de Bayli tienen de tales sólo el hecho de ser hombres quienes los realizan, pues están desarrollados con las mismas características de los vínculos heterosexuales, y éstos -según OR- son totalmente distintos de aquéllos. Pero, además, a esa prevención de la falsedad, le sumo el desagradable (por truculento) regodeo en los besuqueos entre hombres y cópulas contranatura que sólo pueden ser descritas narrativamente, con fruición, por quien padece la depravación de la coprofilia (es decir, la afición por lo excrementicio).

Las dos razones expuestas arriba explican por qué no leo los relatos que suelen publicar juntos Sigifredo Burneo, Houdini Guerrero y Rafael Gutarra, es decir, por considerarlos litebasura, o sea por su propensión homofílica y coprofílica. Pero, muy a mi pesar, he debido dejar en suspenso ese escrúpulo discriminador porque alguien me advirtió que dichos escribidores -en un folleto que titulan Tres historias del pueblo Juliano, junio de 2007- hacen alusión a mi persona mediante algunos indicios que permiten establecer esa relación subliminal denunciada y que sólo la cobardía elucubra, guiada por su propensión a la infamia y la calumnia. Y, en efecto, leído el bodrio pude comprobar que no se equivocó quien me advirtió de ese ataque rastrero. Por eso aquí voy a tratar de esa lectura. Y no va a ser una crítica literaria, propiamente. Por dos razones: a) porque el texto de marras no resiste al más mínimo análisis crítico, y b) porque es un texto en el que está de por medio la dignidad de la Universidad Nacional de Piura, a la que estos pseudo narradores denigran (también subliminalmente), con el sibilino propósito de velar las verdaderas razones de su depravación. Y desenmascarar esto es mucho más perentorio que emitir un simple juicio literario.

En primer término, para sustentar la existencia de la desviación sexual de la coprofilia, debo decir que ésta se expone en el segundo relato del texto aludido, que está firmado por Sigifredo Burneo (quien socialmente se promociona como un personaje serio, ecuánime y henchido de valores), y lo hace de la siguiente manera: “… hicimos el amor como nunca: fue una de las veces más emocionantes de nuestra relación. Mi eyaculación de esa vez fue el nacimiento de un universo, la explosión de una galaxia, el impacto maravilloso y extenuante de varios sistemas solares”. Y esta efusión emotiva no fuera rara si, finalmente, no dijera que se trata de un acto contranatura, pues le está hablando a un homosexual, a quien, finalmente le dice: “Perdóname, Julia, sé que te ha dolido pero te juro que no volveré a llamarte cabro nunca más”.

El otro aspecto, de vejación a la UNP, está relacionado con el hecho de que la edición del folleto aquí tratado ha sido auspiciada por dicha institución educativa -esto se ve en la sección del copyright-, ahí se lee (previa exposición gráfica del escudo universitario) la siguiente atingencia: “La Universidad Nacional de Piura promueve la difusión de la obra literaria valiosa de sus docentes y de los escritores de nuestra región” (cursiva mía). No cabe duda que es la UNP la que ha auspiciado esta publicación, con una generosidad que otros docentes con obra literaria (aunque sin autoproclamarla de “valiosa”) realmente quisiéramos que se democratice y no que se sectarice, y que tampoco quienes la usufructúan lo hagan para denigrar a la entidad auspiciadora (misma fiera que devora la mano que le da de comer).

Y lo dicho se ve desde el primer relato, firmado por -el reincidente en cacografías- Rafael Gutarra; ahí, arteramente, se dice de los docentes de la Universidad Nacional de Piura lo siguiente: “Magdiel me rescató de la vida académica sin sentido que (sic) se ha convertido la Universidad. Profesores sin prestigio ni solvencia que engatusan con el discurso de la autoestima, las inteligencias múltiples o la equidad de los géneros. Tierra de nadie. Todos contra todos. Personas dispuestas a hacer cualquier cosa con tal de obtener una licenciatura, una maestría o un doctorado. La desesperación por salir de la pobreza ha liquidado la razón y los conocimientos”.[i] (Las notas se pueden ver al final del texto).

Y debo precisar que se refiere a la UNP porque el mismo personaje, más adelante, aclara: “Soy sociólogo y enseño en la Universidad Nacional de Piura”. Lo alarmante de la actitud vejatoria que ese texto hace de los docentes unepinos es que sea producto de un sujeto que para escribir esto: “profesores sin prestigio ni solvencia” no ha tenido que hacer grandes esfuerzos imaginativos, pues sólo le debe haber bastado mirar en el espejo de su propia conciencia, puesto que resulta ser reflejo de un avieso resentimiento por no haber sido él capaz de realizar ni mediocremente y menos satisfactoriamente ningún estudio de postgrado.

E igualmente el tercer relato, firmado por Houdini Guerrero, perpetra la misma injuria contra la UNP; pruebas al canto, dice: “Evitábamos en lo posible hablar de trabajo pero a veces se filtraban palabras que me llevaron a pensar que cuando Julia estaba en la otra orilla, ejercía labores educativas en una universidad de remoto prestigio” (cursiva mía). O sea que el prestigio de la universidad actual ha disminuido considerablemente (pero lo que debe decirse es que -en el supuesto de que así fuera- a ello ha contribuido -con creces- esa trilogía autoral).

Y la alusión es tanto más infamante por cuanto ese personaje de nombre Julia está en la orilla de la homosexualidad, mientras que “en la otra orilla” funge de profesor en esa “universidad de remoto prestigio” (que es la UNP, según el insidioso relato). Pero en él, además, se pone de manifiesto la homofilia y coprofilia del narrador puesto que él mismo refiere que mantiene relaciones sexuales con dicho homosexual. Dice: “Por la noche llegó y en silencio, sin mirarnos, apuramos dos cervezas, cada uno con su botella. Luego nos dirigimos a mi cuarto. Después sucedió lo que tenía que suceder”. He ahí la truculencia homofílica que devalúa al texto haciéndolo descender al nivel de la litebasura.

Quien lea esta crítica, en la que se indica que en dicho texto hay alusiones a mi persona, se preguntará -seguramente- ¿a qué se debe ese cargamontón en mi contra por parte de dichos escribas? Y la respuesta está, precisamente, en el último relato ya referido, el mismo que trata de un caso ficticio pero muy parecido a algo que le ocurrió al autor (y a sus dos coautores). Se trata de una contratación fallida que impulsó Sigifredo Burneo, cuando usurpaba el cargo de decano de la Facultad de Ciencias Sociales y Educación de la Universidad Nacional de Piura[ii], y era una contratación que beneficiaba a Houdini Guerrero, pues se le había hecho ganar de manera fraudulenta dicho concurso para que, así, fuera contratado como “especialista” para dirigir un Taller de Literatura que, paralelamente al trámite del contrato, en efecto, se realizó con alumnos regulares de la Facultad de Educación de la UNP. Y el hecho de que resultara fallido el contrato, hizo que Houdini Guerrero “trabajara sin pago”.

Y éste es un hecho que él lo transfiere a un personaje de su relato, a través del protagonista que se presenta como abogado y dice: “Por la mañana me dirigí al juzgado laboral a realizar una diligencia breve, se trataba de defender a un joven profesor de educación física que había trabajado en una universidad pero no le habían pagado por una ley (sic) de austeridad decretada un día antes que (sic) aprobaran su contrato” (la cita continúa, pero dejémosla en suspenso para las precisiones correspondientes). En el caso real en que se vio involucrado Houdini Guerrero no fue que no le pagaran “por culpa de ‘la ley de austeridad’”, sino porque yo presenté la impugnación administrativa contra el concurso (no contra Houdini Guerrero) que pretendía contratarlo festinando todas las normas, y, cuando el caso pasó al poder judicial (que, finalmente, también anuló dicho concurso), las instancias superiores de la UNP lo dejaron sin efecto, absteniéndose de emitir la resolución con la que Houdini Guerrero hubiera cobrado, siempre de manera irregular.

Por otro lado, en el párrafo citado hay un error que, en boca del personaje abogado, resulta ser garrafal (y lo descalifica como creación literaria): las leyes no se decretan; sí, los decretos; las leyes, en todo caso, se promulgan. Pero ese “abogado” de absoluto desprestigio, continuando con la cita, todavía dice: “Ahora un profesor -que según mi cliente era un acosador (sic) perenne[iii]- lo acusaba de haber trabajado ilegalmente y exigía que devuelva el emolumento que nunca había cobrado”. En el caso real -del que fue partícipe Houdini Guerrero- los hechos se dieron de manera diferente.

La impugnación administrativa y la demanda judicial las hice contra el concurso írrito impulsado por Sigifredo Burneo y avalado por el Consejo de Facultad usurpador (del que era miembro Rafael Gutarra, aprovechando que todos los que conformaban dicho Consejo constituían la lista única que había usurpado funciones y cuya elección el poder judicial anuló, como ya lo hice constar en la nota 1). Y a Houdini Guerrero no se le incluyó en la demanda porque él no era parte de los que habían convocado el concurso fullero, sin que eso quiera decir que no tuviera responsabilidad, al menos ética, porque él dice ser ya profesor de secundaria, y todo profesor lo primero que tiene que saber es manejarse en los fueros de la legalidad, de lo contrario demuestra fallas en su formación profesional; pero si hubiera llegado a emitirse la resolución que oficializaba su contrato tramposo y él hubiera llegado a cobrar esos “emolumentos”, entonces sí se hubiera cumplido lo que ha ficcionalizado.

Pero esta metamorfosis que, en la ficción, Houdini Guerrero ha dado a su caso real, no busca otra cosa que limpiar su participación interesada, que lo hace cómplice del fraude. Porque es un imperativo categórico para toda persona que se precia de ser un intelectual, un profesor o un escritor manejar los mínimos criterios éticos que le permitan saber diferenciar la frontera que hay entre la legalidad y la ilegalidad. Y si un “amigo” corrupto le propone a alguien participar de un acto ilegal -con mayor razón si es para beneficiarse económicamente-, se le tiene que reconvenir a ese “amigo” su felonía de pretender hacerlo participar en esas condiciones. Ese “amigo” no le está haciendo ningún favor; al contrario, lo está arrastrando a su ámbito de corrupción, lo está embarrando (como ocurrió en la realidad con Houdini Guerrero).

Para finalizar con el relato de Houdini Guerrero, en la realidad, el juicio contra su “contratación írrita” lo gané yo, y no como dice su personaje: “Mi defensa fue sencilla pero eficaz. El juez no tuvo más remedio que obrar con sensatez y darme la razón.” En la realidad no fue así. Houdini Guerrero y sus congéneres estaban en el lado de la sinrazón. Y está sumando a su relato (además de la truculencia y la cacografía) el demérito de la falacia. “Pergaminos” que lo descalifican para dirigir un taller literario en la UNP.

Estos son los hechos que explican el afán de estos pseudo escritores de echar lodo a mis actos siempre ajustados a un sentido ético que pasa por respetar y hacer respetar la ley; por eso resulta aberrante ver cómo Sigifredo Burneo en el segundo relato -de su autoría- pretende hacer irrisión de esos valores de legalidad cuando dice: “Sí, Julia, lo sé, no necesitas recordármelo, nadie, absolutamente nadie puede estar a la altura de tu intachable moralidad”, y esto -dicho en la ficción a un homosexual aberrante- deviene “basura literaria”; es, pues, una ironía barata, que se vuelve patética cuando el mismo Burneo escribe un artículo en un diario local exigiéndole al Presidente de la República que cumpla con la ley, que respete la ley, y es patético porque quien lo dice es un sujeto que transgredió todas las normas para encaramarse en el poder y para desde allí (como el Presidente a quien hace su desfasado reclamo) actuar sin ningún respeto por la normatividad universitaria, autonombrándose como director de cuatro centros de producción de la Facultad, embolsicándose los cuatro sueldos que por ley les correspondían a cuatro docentes diferentes.

Debo agregar, por último, que si yo promoví cinco procesos contra Sigifredo Burneo[iv] fue porque los actos ilegales cometidos por él -durante su gestión usurpadora del cargo de decano- así lo ameritaban, no porque existiera algún móvil personal; prueba de ello es que cuando terminó su período de usurpador no me volví a ocupar de él para nada (más bien las acciones de denuncia se orientaron hacia su sucesor en tropelías, Ricardo Cedano). Y si ahora he vuelto a ocuparme de él (y de sus congéneres) se debe a los motivos expuestos en este escrito (el ataque artero y cobarde del que he sido víctima).

Si estos sujetos me borraran de sus mentes al momento de elucubrar sus mamotretos, yo no tendría para qué tomarme la molestia de ocuparme de ellos. Pero siempre que lo hagan, pues aquí me encontrarán. De otra forma, para mí son -lo que escribí alguna vez- “semovientes decrépitos”, cuyo existir me causa la más absoluta indiferencia. Por todo lo dicho, sus injurias a mi persona me resbalan, el lodo hay que recibirlo como de quien viene. Y por eso no me rebajo a contradecir, puntualmente, todas sus infamias. Lo haría si -con suficiente hombría: que es mucho pedir- se atrevieran a infamarme directamente poniendo mi nombre, así como yo lo hago aquí con el de ellos, obviamente porque estoy amparado por la verdad, la razón y la ley. Ellos pueden seguir revolcándose en el estercolero de sus falsas conciencias y en la inmundicia de sus irreparables miserias.

Piura, Diciembre de 2007.

Julio César Fernández Carmona
Docente Principal FCCSSE-UNP

NOTAS:

[i] Un profesor universitario ¿puede “salir de la pobreza” haciendo maestrías o doctorados? Es una irrealidad. Pero sí pueden hacerlo los corruptos que (fungiendo de docentes probos) festinan las normas para beneficiarse económicamente con los recursos propios de la Universidad. Por lo demás es absurdo decir que estudiar maestría o doctorado signifique liquidar “la razón y los conocimientos”.

[ii] Mediante Resolución Judicial Nº 028 del expediente 2001-0672-0-2011-JM-CI-01, del Módulo Básico de Justicia de Castilla, se dictó la sentencia que anuló el proceso electoral por el cual se eligió el Consejo de Facultad que nombro a Burneo como Decano. Posteriormente, el Comité Electoral con el Acta correspondiente, de fecha 26 de julio de 2005, dio cumplimiento al mandato judicial. En el concurso irregular impulsado por Burneo participó Gutarra como Presidente del Jurado, lo cual explica también que sume su rabia a la de los otros dos, y descalifica al “concurso” ganado por Houdini Guerrero porque -aparte de ser amigos íntimos- según el reglamento de contratación docente, quien debe presidir el jurado es el Decano.

[iii] Seguramente lo que ha querido decir es “acusador” y no “acosador” puesto que resulta ilógico que el profesor que lo “acusaba” al mismo tiempo lo “acosara”, teniendo este último verbo una marcada carga sexual. La expresión “acusador perenne” atribuida a “un profesor”, se usa, obviamente, para aludir a mi persona: que le instauré y le gané al falso decano, Sigifredo Burneo, cinco juicios (cuyas sentencias
mencionadas hasta aquí voy a incluirlas en un archivo de este blog, próximamente). Pero la expresión aludida deja ver que si hay un “acusador perenne” es porque también hay “acusados perennes”. Y los cinco juicios que perdieron esos acusados (Consejo de Facultad “presidido” ilegalmente por Burneo, y el Rector Edwin Vegas Gallo) descalifican a ese sambenito esgrimido contra el “acusador”.

[iv] Hasta aquí he hecho referencia a dos juicios perdidos por Burneo (nulidad de las elecciones y nulidad del concurso de Houdini); pero hay tres más: a) la autodesignación que el Consejo de Facultad nulo hizo para los cargos de los directorios de Centros de Facultad, b) el concurso para plazas docentes (que fue anulado y, en apelación, devuelto al Juzgado para que se incluya como litisconsortes a quienes ganaron el concurso que es anulado, y, en ese sentido, está pendiente), y c) otra acción aberrante de Burneo quien oficializó una versión anónima que insinuaba que algunos docentes hacían política en el aula, lo cual también fue anulado.