lunes 26 de noviembre de 2007

JOSÉ LUIS AYALA

Entrevista hecha a raíz de la publicación del libro "El mentiroso y el escribidor".

José Luis Ayala.- El título de tu libro es "El mentiroso y el escribidor: teoría y práctica literarias de Mario Vargas Llosa", ¿por qué Mario Vargas sería un mentiroso?

JC.- Ese apelativo lo relaciono a su actividad de teórico de la literatura. Algunas de sus opiniones en torno a aspectos teóricos de la literatura (vertidas en libros como: La orgía perpetua, Historia de un deicidio o Cartas a un novelista) rayan el nivel de la mentira, término que -por otro lado- tiene correspondencia con su propia conceptualización de la novela, cuando señala que ésta “es una mentira”. Para poner un ejemplo de falsedad teórica, en uno de sus escritos, dice que ‘los orígenes de la literatura se confunden con los de la escritura’, y ésta es una falsedad porque ya se ha determinado que la escritura se origina cuarenta siglos antes de nuestra era (4 000 años antes de Cristo) y los orígenes de la literatura (al menos la Occidental) se ubica treinta siglos después de aquel acontecimiento, es decir, en el siglo X a. C., con los poemas homéricos…

JLA.- ¿Y respecto de su definición de la novela como una mentira?

JC.- Es una opinión respetable (aunque no original, pues ya otros autores la han usado), pero digo que es respetable en la medida que cada quien puede autodefinir su trabajo como mejor le parezca. Sin embargo, eso se convierte en una trapacería cuando se pretende hacerlo común a todo el género novelístico. Y lo mismo ocurre con los otros postulados de MVLl, por ejemplo, que los temas de las novelas son “demonios incontrolables”, que el novelista es un “rebelde ciego” cuya máxima aspiración es “asesinar a Dios” y que, finalmente, lo que crea (con el saqueo de la “realidad creada por Dios”) es una “realidad ficticia”; es decir, todas son expresiones que de usarlas para autodefinirse él mismo o su trabajo particular, nadie tendría porqué cuestionarle esa elección personal; pero en tanto la quiere presentar como una definición genérica aplicable a todos los novelistas, empieza ya a rayar en lo falso, desde el punto de vista teórico.

JLA.- Y, en el otro extremo del título, ¿por qué Mario Vargas Llosa es un escribidor?

JC.- Bueno, en principio, porque él mismo puso de moda el término con su novela La tía Julia y el escribidor, y, a partir de entonces, muchos usan la expresión -de manera un tanto desaprensiva- para referirse a todo escritor, cuando en realidad con él se hace referencia a un “mal escritor” o, por lo menos, a quien comete errores al momento de escribir. Y éste es el caso de Mario Vargas Llosa. He detectado varios errores de escritura, preferentemente, en sus textos narrativos (en sus textos informativos esos errores devienen mentiras); pero es pertinente señalar que son varios lectores los que han hecho el descubrimiento de errores en su escritura. Por poner un ejemplo, en Lituma en los Andes, cuando ya está a punto de desaparecer el campamento de Naccos, Lituma va a la cantina, pregunta qué hay de comer y le responden que “sólo hay galletas de agua” y luego el cantinero le alcanza un plato de latón con “agujereadas galletas de soda”; pero si le acababan de decir que “sólo había galletas de agua”; también en La guerra del fin del mundo, cuando describe a un personaje dice que “usaba un chaleco sin mangas”, que es como si se dijera que usaba un “bivirí sin cuello”; si el chaleco tuviera mangas y el bivirí tuviera cuello, dejarían de ser lo que se quiere que sean.

JLA.- ¿Tus planteamientos tienen alguna carga ideológica?

JC.- Sería iluso decir que no. Toda opinión -quiérase o no- está cargada de ideología (en el mejor sentido del término: como un conjunto de ideas que da forma a la conciencia del individuo). Pero he procurado hacer que esa ideología mía sirva en la mayoría de los casos para refrendar mis concepciones literarias, mis apreciaciones estéticas, mis convicciones poéticas. Evito opinar, por ejemplo, sobre las actitudes políticas de Mario Vargas Llosa. Prefiero no salirme de los parámetros señalados en el título: la teoría y la práctica literarias. Aunque en ciertos casos, cuando -por ejemplo- tergiversa las ideas estéticas de Bertolt Brecht, apoyando su “interpretación” en la concepción política de Brecht, no puedo dejar de relacionar ese desliz con la posición política opuesta de Varga Llosa. Y lo mismo he debido hacer al abordar el trato infame que da a autores tan respetables como Antonio Cornejo Polar o Washington Delgado.

JLA.- ¿Merece Mario Vargas Llosa el Premio Nobel?

JC.- Por El pez en el agua o el Diario de Irak se merece el Premio Nobel de la infamia.

Esta es una entrevista que apareció con recortes y modificaciones en el Diario “La Primera”, 22-11-2007.

RICARDO AYLLÓN

RESEÑA CRÍTICA AL LIBRO "REQENTOS" DE: JULIO CARMONA. Arteidea Editores. Piura, 2002. 63 pp.

Dueño de una amplia y conocida trayectoria poética, el chiclayano Julio Carmona (1945) ingresa a las jurisdicciones de la narrativa corta ensayando un estilo de fácil asimilación, pero no exento por ello de ese tratamiento con el que todo buen cuentista consigue atrapar al lector hasta el final de sus historias. Algo que ha logrado trasponer Carmona, dentro de sus particularidades estilísticas, es la difícil puerta del manejo del lenguaje popular, donde se muestra seguro y dejándonos una saludable impresión de fluidez y claridad.

Los temas de este conjunto de relatos se enmarcan en los recientes capítulos de nuestra convivencia con la subversión, en pasajes límite del activismo sindical y en violentos episodios carcelarios (típicos de nuestra indigencia social y moral). Dentro de la atmósfera de los relatos, hallamos –sugerentemente velada por un delicado manto– cierta ironía que sabe incidir en la denuncia social, aquella intencionalidad que parece ser no sólo el trasfondo medular de la narrativa de Carmona sino también aquel tópico que identifica actualmente a una serie de escritores peruanos cuya preocupación social e histórica suele distinguirse mejor al interior del país.

APARECIDO EN LA REVISTA DIGITAL "EL ORNITORRINCO".

sábado 24 de noviembre de 2007

VÍCTOR MAZZI TRUJILLO

CANTO Y SEÑA DE JULIO CARMONA


Prólogo al libro de poemas A nivel de la arcilla
(Ver: sección Libros de Poesía)


El canto es el latido creador de la poesía. El Poeta, ante todo, canta. El canto, de antiguo, significa modulación de sentimiento. Y, de hecho, se manifiesta en una u otra forma poética. Y no hay poesía que no cante en voz alta la trascendencia de su contenido. O, de lo contrario, no es poesía.

Mas el canto, en estos últimos años, estaba siendo desvirtuado en los escalones de una acezante prosa y debido al atropellado esfuerzo de numerosos jóvenes autores en pugna por arribar lo antes posible la estrecha azotea de la celebridad. Prueba de ello tenemos en la ingente cantidad de composiciones publicadas en libros y revistas y que, de pronto, perecen sin pena ni gloria como papeles desglosados al azar, hojas secas de un frustrado deseo confesional, pajas de una teorética existencial y, por lo tanto naderías volanderas. Todo esto también como resultantes de aquella bretoniana “crisis de conciencia” o, en otras palabras, la sempiterna desesperación pequeño- burguesa. A la que cabría agregar el efecto de una violenta ruptura con el acervo lírico castellano, la causa de una fuga de la comunidad cultural de nuestro medio y, en última instancia, la consecuencia de un desventurado afán de trasplantar los angustiados estados de ánimo de un Wallace Stevens, de un Ezra Pound, de un T. S. Eliot o de un Dylan Thomas.

El canto, sin embargo, nuevamente se va perfilando en fluida continuidad sin nudo pese al contrabando de cuños ingleses y norteamericanos. El canto jamás podrá morir ni desfallecer mientras existan poetas que tañan sus fibras sensibles al menor estremecimiento individual o colectivo –sea en el campo o en la ciudad-, mientras insurjan aedos conscientes de su origen, de su vocación y de su inflexible textura arbórea. Para confirmar el aserto me bastará mencionar, dentro de los doce últimos años, dos voces distintas, no distantes, pero firmemente pródigas: la de Antonio Cisneros y la de Marco Martos. Voces de timbre claro que sienten, piensan y suenan en castellano.

Esa misma pasión vitalmente hispanoamericana se vuelve a dar en estos momentos con la presencia insoslayable de nuevos poetas de raigambre popular. Repito: de raigambre popular que no es lo mismo de versificadores pop o populistas. Estoy hablando, sin lugar a dudas, de poetas como Eduardo Ibarra, Artidoro Velapatiño, Alberto Alarcón, Julio Carmona, quienes, de modo natural, vienen a constituir una definida línea poética, muy aparte del confuso enjambre eliotizado. Y digo línea, entendiendo que si bien tienen diferencias formales se integran sustancialmente en concepción ideológica y actitud literaria. Cantores de plectro en pecho, todos y cada uno de ellos, suscitan y mantienen sus valores de creación en definitiva función de pueblo como de combate por la concreción de nuevas formas de vida para las clases explotadas de la sociedad.

Mencioné al joven poeta chiclayano Julio Carmona porque a él precisamente pertenecen estas páginas liminares. Julio Carmona no es para muchos, en verdad, un poeta desconocido. Su voz es bien apreciada, gracias a su inquieta participación en diversas actividades intelectuales, especialmente en lo que concierne al evento literario. Hace algunos años editó su primigenia obra de poesía: “Mar Revuelta”. Sus poemas en aquella época eran breves muestras dotadas de una virtuosa concisión, un mundo múltiple de imágenes, en las que se imponía la pulcritud formal como el contenido grávido de sugerencias. Creo que su tarea órfica de entonces era un vivo trasunto de su emoción creadora, la impronta de su espíritu y, de sobremanera, el inicio de su significación verbal. Sea como fuere anunciaba ya la certidumbre de su vocación y la evidencia de su tonalidad.

De Julio Carmona tenemos ahora su segundo poemario intitulado “A Nivel de la Arcilla”. Página a página recorredlo. Es un camino poblado de cantos a son de hombría. Cada canto tiene mucho de su experiencia de hombre que anda, que piensa y que demanda clamorosamente amor, entereza justicia social. Pero cuidado, que el canto de Carmona no pretende “epatar” al burgués ni al pequeño burgués. El tan sólo expone –en este volumen dedicado a la autora de sus días– temas de un diario acontecer: su certificación poética, su crítica y su autocrítica, su identidad sentimental, sus efusiones familiares, sus adhesiones fraternas, sus hesitaciones de ser social y sus elegías por los combatientes civiles caídos en acción de lucha.

Aquí –en su libro- Carmona sabe darse, de canto a canto, pleno de pasión y ternura sin ocultar sus vertientes de inspiración . Están, por ejemplo las citas que ha elegido de verdaderos hombres y poetas verdaderos como Rabindranath Tagore, Albio Tibulo, Angela Figuera Aymerich, el Che, Juan Ojeda, Manuel Acosta, José María Arguedas, Blas de Otero, Antonio Machado, Carlos Marighella. Justo y meticuloso del lenguaje (salvo ese uso de neologismos como “mitinan”, “vaivenar”, “noticiando”), ha logrado establecer una sensorial comunicación con el gran oído popular. He ahí sus metáforas, por ser directas, no son exangües ni desprovistas de energías. Su mismo estilo, guiado por un pensamiento reflexivo, se hace ubérrimo sin perder por eso su humanidad. Y finalmente , no tiene un pie de canto en que la palabra no consiga acentuar su paso vivencial.

Hubiera querido, en mi calidad de prologuista, analizar uno a uno los poemas que conforman esta obra. Pero temo arrebatarle tanto al autor como al lector ese exclusivo derecho de re-creación y emotividad. Me basta, sin embargo, recomendar una y otra repetición de lectura, porque Julio Carmona, a través de su libro presente, valoriza los actos de la poesía con la materia dócil de su corazón. Y, en definitiva, nos entrega un camino hacia el mañana. Un camino para todo aquel que tenga el corazón en su sitio.

Víctor Mazzi Trujillo

Chosica, agosto, 1972.

DECENCIA Y DOCENCIA

Para nadie es un secreto la opinión adversa que el Señor Presidente tiene de todos los docentes del Perú, basta que estén representados por el SUTEP o la FENDUP. Tal vez, la única discriminación que haga es la de los profesores con carnet de su partido, aunque como esto no lo dice, lo más probable es que ni siquiera esté haciendo esa separación. Pero lo cierto es que ese odio visceral que manifiesta cada vez que se refiere a los docentes del Perú, me hace pensar en la tristemente célebre frase del ministro nazi que decía: “Cuando oigo hablar de cultura, echo mano a mi revólver”. Porque sólo una concepción de ese tipo (nazi-fascista) se puede dar el lujo de manifestarse en opiniones tan sesgadas, unilaterales y esquemáticas como esa de decir que los docentes son unos comechados e incapaces, olvidando que él es producto de esos docentes, y más aún si su propia madre lo fue.

Es cierto que no todo en la docencia es decencia porque eso “ocurre en las mejores familias” -como lo grafica esta frase, de origen popular-. Pero es esa una situación común a todas las profesiones e instituciones. Y en tanto se trata de hacer homologaciones, por poner un ejemplo, pregunto: ¿se puede decir que todos los congresistas merecen serlo?

Por eso es pertinente aclarar que cuando se dice que los docentes universitarios se oponen a ser evaluados, eso es falso. En verdad, se están tergiversando los términos. La oposición es a que esa evaluación sea utilizada como mecanismo de eliminación de “enemigos políticos”. Porque el problema de la homologación se ha trasladado de su ámbito natural que era el estrictamente legal-laboral, al ámbito político. Las declaraciones presidenciales no tienen otro cariz. Y es falso que los docentes universitarios nos opongamos a ser evaluados, porque esa evaluación ya está contemplada en el desempeño laboral de la educación superior. Las tres categorías docentes de la Universidad Peruana: auxiliar, asociado y principal, se someten a un proceso evaluativo de ratificación y promoción, cada tres, cinco y siete años, respectivamente. Eso implica que cada docente debe prepararse para realizar dichas acciones de ratificación y promoción o ascenso. En caso de no hacerlo, se corre el riesgo de ser descendido a la categoría inmediata inferior, y -en el primer caso- del profesor auxiliar a ser separado de la institución.

Pero esa preparación corre a cuenta del propio docente. Porque el presupuesto que el gobierno da a las universidades no permite que éstas sufraguen los costos de los estudios de postgrado o de actualización que permitan a los docentes “no sólo ser decentes sino también parecerlo”. Y la regla general en la docencia universitaria es la tendencia a elevar su nivel profesional. Por eso es que pedimos el cumplimiento de la Ley, que nos permita acceder a un sueldo justo para cubrir esa necesidad de idoneidad profesional que se nos exige, pero para cuyo logro no se dan los medios mínimos necesarios. No se piensa en los grandes sacrificios que deben hacer los docentes (con sueldos de 800, 1,400 y 2,000 soles) para elevar su calidad, si quien lo exige hace oídos sordos a la Ley, y pretende agregar a ésta una evaluación que ya existe. Y ese “agregado” ha resultado ser el pretexto para que no se nos cancele durante todo el año 2007 el concepto de homologación, con el agravante de ser agraviados, por ello, con los epítetos de comechados, incapaces, ineptos, etc. Pregunto: esa misma exigencia de evaluación (impuesta, fuera de la ley) ¿se les hace a los congresistas, a los burócratas de la administración pública (secretarias y asesores con sueldos elefantiásicos) y al mismo Señor Presidente? ¿Acaso se exige maestría y doctorado a los magistrados del Poder Judicial? Y a nosotros, que pedimos la homologación con ellos, sí se nos exigen postgrados, que debemos realizar con esos sueldos irrisorios, no homologados.

La decencia y la docencia son connaturales a los profesionales de la educación. Esos son atributos que no los da ningún diploma de postgrado. Y el hecho de que en la Universidad Peruana (como en otras instancias de la administración pública) existan corruptos con diplomas de docencia sin decencia, no autoriza a nadie (menos a la máxima autoridad de la nación) a agraviar a todos o a la inmensa mayoría de los docentes decentes del Perú.

lunes 19 de noviembre de 2007

ROBERTO REYES TARAZONA


Unos cuantos cuentos
de Julio Carmona

“La guitarra”, el primer texto de Unos cuantos cuentos, colección que nos ofrece Julio Carmona, anticipa la condición narrativa de la mayoría de los otros relatos, a pesar de la disímil composición de éstos, así como sus diversas técnicas, personajes y ambientes.

En “La guitarra”, desde las primeras líneas, resalta el tono coloquial, que en este cuento asume un rescate directo de la oralidad, condición que se hallará presente, de una u otra manera, en todo el libro. El narrador es aquí un viejo hombre de pueblo que evoca una historia a partir de una guitarra aparentemente abandonada, solicitada por un joven. Mediante este recurso, el narrador se va adentrando en el pasado y, por lo tanto, en otra forma de pensar y de actuar. A medida que se avanza en el relato, se va revelando la condición del narrador, un viejo poblano, que en su juventud fue “gallero y buen bebedor de chicha” además de gran tocador de vihuela; y así, poco a poco el lector es trasladado al mundo de los bandoleros norteños, en donde al final se agrega el componente que acompaña a “el juego, el guitarreo y el galantear”: la violencia, que actúa como desencadenante de la historia. De bandoleros es también “Cavar un hoyo o ‘La cruz de los Juárez’”, cuento (que tiene como referente histórico, un lugar de Ferreñafe, en el Departamento de Lambayeque) cuyo final es igualmente dramático. Por otra parte, este interés por el pasado regional, se advierte en el último cuento del libro -y también de su producción- titulado “El secreto espejo del primer amor”. Esta vez, la historia se remonta a la época de la esclavitud, en una hacienda de la costa norte, donde se desenvuelven varios conflictos propios de la época.

En “La guitarra”, como en “Cavar un hoyo o ‘La cruz de los Juárez’”, la historia no discurre por el usual cauce de los relatos regionales, pues el soporte estructural descansa en una filosofía de vida –que da soporte al libro y se irá evidenciando sutilmente en la medida que se sucedan los cuentos. En el primero de los mencionados, cuando el narrador-personaje está empeñado en explicar a su interlocutor, a través de términos locales y refranes su punto de vista, ratifica su posición afirmando: “cuando la vida te llama a descanso muere el tiempo y muere el viento”. Y a continuación, refiriéndose a la guitarra, dice que “Ella es como la constancia que la memoria precisa cuando de sacar cuentas se trata”. Lo cual, en conjunto, expande la riqueza del lenguaje.

Pero este contrapunto entre el saber popular y las ideas sutiles y hasta poéticas no es el único recurso narrativo de Carmona, quien también se vale del montaje de dos planos temporales diferentes que convergen en un final efectista, como por ejemplo en “Por las buenas” y en “Servicio de turno”. También emplea el monólogo interior de manera efectiva en “Ahora que sí puedo decirle todo esto”.

No estamos, pues, ante un narrador ingenuo que intenta recrear de manera naturalista las historias escuchadas en su localidad, o imaginadas por influencia del ambiente. Y si bien en la mayoría de los cuentos se advierte el uso de localismos –sin abusar de ellos–, y un predominio de historias regionales, todos los cuentos revelan un tratamiento literario consistente y efectivo. En otras palabras, Carmona conoce y domina el oficio de narrador y conduce sus relatos siguiendo los cánones establecidos por la poética del cuento.

De esta manera, va desgranando historias en las que se van apuntalando rasgos que configuran su mundo narrativo. Uno de ellos es la opción por el diseño de personajes de extracción popular, como en los cuentos ya mencionados. En todos los casos -incluyendo los cuentos de tema urbano: como “Cambio de posta”, “El retorno” y “Castración”-, la presencia de lo popular se revela de distintas maneras. En “La alegría por los suelos”, el punto de vista narrativo parte de una colectividad, como que podemos leer: “Nosotros le damos la espalda a la iglesia y también al sol”…; o si no, se desarrolla el enfrentamiento de los débiles contra los poderosos. Así, en “Por las buenas”, un conflicto laboral enfrenta al patrón con los obreros; en “Ahora que sí puedo decirle todo esto”, se expone el abuso de la gente del gobierno sobre un humilde padre de familia; en “Calibán”, se abordan la soledad y el desamparo en el contexto de las relaciones patrón-peón de hacienda.

Otro rasgo importante en la narrativa de Carmona es el humor, que lo consigue mediante la descripción, como en el extenso primer párrafo de “De entierros y desentierros”, pasando por el humor de situaciones, como en “La alegría por los suelos”, e incluso el humor negro, recurso que utiliza para atenuar el peligro de caer en la truculencia, en el final de “Por las buenas”.

Además, Carmona, como buen poeta -pues él ha hecho su ingreso a la literatura por la puerta de la poesía- incursiona en el tema del amor, tema difícil si los hay, en la narrativa. “Servicio de turno” corresponde a la secular historia de un triángulo amoroso, que desarrolla de manera irreprochable, sin caer en un final previsible, gracias sobre todo a su adecuado manejo de la trama y de los planos temporales.

Por todas estas razones, que tienen que ver con el adecuado manejo del lenguaje, de las técnicas narrativas, con sustento en un punto de vista coherente con sus ideas y convicciones personales; así como por la riqueza y fuerza del tratamiento de sus textos, y por aquellas razones que no se pueden explicar analíticamente, por corresponder al simple placer que produce seguir una historia bien contada, Unos cuantos cuentos, de Julio Carmona, es un libro que puede colmar las expectativas de todo lector amante de la literatura.

jueves 1 de noviembre de 2007

ENTREVISTA DE RICARDO AYLLÓN

JULIO CARMONA: “SIEMPRE QUE EXISTA UNA SOCIEDAD CON ESPERANZA, DEBE ESTAR PRESENTE LA VOZ DEL POETA”

Tomando como marco el reciente Encuentro Nacional de Escritores desarrollado en el puerto del Callao, aprovechamos la presencia del chiclayano Julio Carmona (1945) para acercarnos brevemente a un representativo poeta del interior. Autor de poemarios emblemáticos como “Mar revuelta” (1970), “A nivel de la arcilla” (1972), “A orillas del amar” (1976), con el que obtuviera el segundo lugar en el Premio Poeta Joven del Perú, en su IV versión (1975), y “No sσlo de amor” (1980), entre otros. Carmona no pierde la fe en esa forma vital de hacer poesía como es la de convertirse en portavoz del pueblo y de sus más altas esperanzas.

R. A. Julio, ¿qué significa para ti participar en este Encuentro?

J. C. Cuando se ha vivido muchos años en el mundo de la literatura lo que uno comienza a esperar de él es conocer gente joven con quien intercambiar ideas, y no existe nada mejor que un evento como éste para lograr dicho objetivo.

R. A. ¿Has participado mucho de Encuentros como éste?

J. C. No, más bien con los Encuentros siempre he estado en desencuentro. Y las escasas veces que he asistido me han causado decepciσn porque muchos escritores han utilizado los Encuentros como pretexto para hacer turismo. Otra cosa que ocurre es que se plantean objetivos muy ambiciosos que nunca se llegan a cumplir.

R. A. Respecto a los objetivos de este Encuentro, ¿cuán sugerentes han sido para ti?

J. C. El hecho de plantearnos qué es lo que puede ocurrir con nuestra literatura en el futuro es ya una actitud loable. Sin embargo, el saber si se llegó a cumplir o no ese planteamiento será trabajo de los organizadores, quienes al final tendrán que hacer un balance del trabajo de los expositores.

R. A. Entiendo que tu Interés de conocer poetas jσvenes, tal como decías hace un momento, se debe al hecho de querer saber cómo se está moviendo la poesía actualmente. ¿Has logrado satisfacer esa curiosidad?

J. C. Bueno, sí. La gran conclusiσn que puedo sacar es que lo que hace mucha gente joven es mantener viva la llama de la poesía. No olvidemos que siempre que exista una sociedad con esperanza, con ánimos de alcanzar una utopía, debe estar presente la voz del poeta. Y éste ha sido un rol que le ha tocado desempeñar siempre a los jσvenes; más bien los que estamos pasando nos iremos convirtiendo sólo en espectadores puesto que nuestra voz ya ha sido dicha; mal o bien, pero ya fue dicha.

R. A. Pero esa peculiaridad no hará que te olvides de tu condición de poeta ¿o consideras que el poeta sólo lo es durante su juventud o en los años correspondientes a su generaciσn?

J. C. No, pues, me refería al “movimiento de la poesía actual” ligado a los jóvenes, al que tu aludías en tu pregunta. Y ese movimiento juvenil tiene que buscar su propio camino, con o sin paradigmas. A los mayores ya no nos cambia nada ni nadie. Por eso es que considero que hablar de generaciones puede estar generando imprecisiones, ¿no?; aquello de hacer demarcaciones o resúmenes generacionales es un trabajo que corresponde más bien a los historiadores o los críticos de la literatura. Creo que para los mismos poetas no es -o no debe ser- ésa una preocupación prioritaria. Hay muchos escritores que por intentar ubicarse en una generaciσn terminan perdidos. Y algo de eso -de no estar ubicado en una determinada generación- ha ocurrido conmigo. Aunque no me preocupa. Yo siempre he trabajado y me he reunido con escritores mayores. El integrarme al grupo Primero de Mayo, con gente como Víctor Mazzi o Jorge Bacacorzo, por ejemplo, puede hacer pensar a cualquiera que “no tengo generación”. Eso, por un lado, mientras que el hacer poesía con expectativas populares, por otro lado, creo que me ha ido dejando al margen (como ha ocurrido también, por poner otro ejemplo, con Jovaldo). Pero, todo eso, en lugar de causarme desazón, me da satisfacción, porque suelo encontrarme con gente que me recuerda por mi pertenencia al GIPM o mis intervenciones en escenarios populares. Realmente, mi gran intención y decisión (nunca arriada ni traicionada, pues la sostengo aún hoy en mi labor docente) ha sido siempre identificarme con la causa del pueblo peruano y de los trabajadores que es la de contribuir a forjar una sociedad nueva, desde sus intereses, y cumpliendo con su misión histórica.

R. A. ¿Y cómo es que se desarrolló tu trabajo en ese sentido?

J. C. Casi toda mi labor literaria la hice en Lima. Llego a la capital cuando apenas termino la secundaria. Poco después, cuando decido trabajar la poesía en serio, y siempre desde la perspectiva popular, es que establezco mis fructíferos vínculos con el Grupo Primero de Mayo, donde no sólo se reforzó mi convicción popular sino además mi concepción marxista del mundo. He vivido con ímpetu la efervescencia del compromiso social en política y de la poética realista en literatura. Y creo haber trabajado, hasta ahora, con responsabilidad dentro de esa vertiente.

R. A. Pero ¿cuán válida consideras que sigue siendo esa propuesta de trabajo?

J. C. Es evidente que las propuestas sociales han sufrido una merma, tal como ocurre con el movimiento político popular en general que estuvo ligado siempre a la izquierda. Y esa merma se hizo más ostensible en los últimos diez años de la “dictadura japonesa” en que se asestó un duro golpe a la lucha popular y a los movimientos culturales ligados a estas perspectivas. Sin embargo, estoy seguro de que todo ello volverá a resurgir. Hay voces que se han apagado. Pero surgirán otras nuevas. Si entendemos a la literatura peruana como el desarrollo de dos grandes tendencias, aquella que se centra en el trabajo estrictamente formal y cuya preocupación es principalmente estética, y aquella que además de la inquietud estética muestra un contenido social, habrá siempre en ambos casos la oportunidad de que aparezcan nuevos exponentes. Y, por lo tanto no es o no debe ser una preocupación el pensar que no habrá un resurgimiento de la poesía social.

R. A. Y dentro de las características de forma, ¿qué tipo de poesía te ha sido más fácil concebir, la de gran aliento y con proyectos totalizadores o la poesía de estructuras simples?

J. C. Creo que cuando se habla de proyectos totalizadores se piensa más, generalmente, en la narrativa puesto que ella engloba una serie de personajes y lugares y tiempos, los cuales permiten sustentar visiones y versiones muy amplias. Mientras que la poesía o -para ser más exacto- la lírica es más bien la efusión de un yo, de una individualidad. Mas no, por esto, hay que concluir que tiene que perderse en el egoísmo o el individualismo, pues también puede inclinarse hacia una visión más ecuménica, esto porque -aún dentro de esa visión personal, propia del poeta lírico- hay también todo un cosmos, y el rol del poeta será justamente devolverle a la sociedad (o la realidad) todo lo que ha recibido de ella, transformado en (o por) su individualidad. En ese objetivo, es cierto, hay poetas que se preocupan por construir todo un universo, todo un imaginario, sistemático (si cabe el término). Pero en mi caso no. Mi trabajo lírico -plasmado en algunos libros- ha sido más bien construido a partir de visiones parciales como producto de un conglomerado de experiencias, que no dejan de estar imbricadas por un hilo conductor, que es mi concepción del mundo. Pero, en realidad, el trabajo literario lo he desarrollado -y lo desarrollo- siempre desde una actitud muy modesta. Nunca ha sido preocupación mía el ser reconocido como “el gran poeta del Perú” (ni siquiera de Chiclayo). Mi aspiración ha sido, más bien, que si algún día se reconoce que hay algo en mi poesía, que ojalá esto sea sólo el descubrir la voz de un hombre que ha tratado de identificarse siempre con su pueblo (lo que, en última instancia, no es poco decir o pedir).